Hierro Forjado Ligero: Herramientas del Pastor
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Leer más →Crónica rural · 15 de enero de 2025
En las largas travesías trashumantes del norte, el pan era el sustento básico que acompañaba al pastor durante semanas. Lejos de los hornos de piedra de los pueblos, los pastores desarrollaron un método ingenioso para cocer pan sobre brasas de encina, aprovechando el calor residual del fuego de campamento. Esta técnica, transmitida de generación en generación, es un testimonio de la autosuficiencia culinaria del campo antes de la industrialización.
La masa se preparaba con harina de trigo integral, agua, sal y un trozo de masa madre guardada del horneado anterior. Se amasaba sobre una tabla de madera de haya, utilizando las manos como único instrumento. Para el horneado, se empleaba una pala de hierro forjado ligero, de unos 60 cm de largo, que permitía manejar las hogazas sin quemarse. Las brasas se reunían en un círculo de piedras, creando un horno improvisado que mantenía una temperatura constante de unos 200 °C.
Una vez formadas las hogazas de unos 500 gramos, se colocaban directamente sobre las brasas, cubiertas con una capa de ceniza para evitar que se quemaran. Cada 10 minutos, el pastor giraba el pan con la pala para asegurar una cocción uniforme. El tiempo total era de unos 40 minutos, hasta que la corteza adquiría un color dorado oscuro y al golpear la base sonaba a hueco. El aroma a pan recién horneado se mezclaba con el humo de la encina, creando una experiencia sensorial única.
“El pan de brasas no solo alimentaba el cuerpo, sino que era el ritual que unía a la cuadrilla al final de la jornada. Cada hogaza contaba una historia de resistencia y creatividad.”
El pan se conservaba envuelto en paños de lino durante varios días, manteniéndose fresco gracias a la corteza gruesa. Se consumía con queso curado, aceite de oliva o simplemente mojado en leche de cabra. Esta técnica de cocción, hoy casi olvidada, representa un patrimonio gastronómico que merece ser recordado y valorado.
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